lunes, 30 de enero de 2012

EL PERIODO CLÁSICO-Economia



EL PERIODO CLÁSICO
El período de vigencia de la escuela clásica puede situarse entre 1776, año en que se publica La riqueza de las naciones, de Adam Smith, y 1871, cuando aparecen las obras claves de los marginalistas, o entre la Riqueza de las Naciones y la muerte de John Stuart Mill. La doctrina clásica se ha identificado frecuentemente con el liberalismo económico, por cuanto los elementos esenciales de dicha escuela son la libertad personal, la propiedad privada, la iniciativa personal y el control individual de la empresa. Los rasgos fundamentales del pensamiento clásico son:
1. La norma básica fue el laissez faire: el mejor gobierno es el que interviene menos.
2. El mercado libre y competitivo determina la producción, los precios y la distribución de la renta.
A excepción de David Ricardo, los economistas clásicos destacan la existencia de una armonía de intereses; cada individuo, al tratar de alcanzar los propios, servía a los intereses superiores de la sociedad. Se defendía a los hombres de negocios, pues eran los que realizaban la acumulación de capital, factor indispensable para la inversión y el crecimiento económico. Confiaban en la competencia, como mecanismo regulador de la economía. Los clásicos defendían la primacía del sector privado sobre el sector público, el que se traducía en despilfarro y corrupción.
4.1. Adam Smith o la construcción de un sistema
Algunos economistas consideran que la ciencia económica tiene como fecha de inicio 1776, año de publicación del libro La riqueza de las naciones, y darían a su autor, Adam Smith, el título de fundador. Pero para otros, este nombramiento puede ser exagerado, aún cuando Smith hizo aportes significativos para transformar la economía en una ciencia formal.
Adam Smith nació en Kircaldy, una pequeña localidad portuaria escocesa. El día exacto de su nacimiento se desconoce. De personalidad algo tímida, no era muy agraciado físicamente: tenía una gran nariz, un labio inferior saliente y ojos saltones. Él mismo se describió como “hermoso en nada, excepto en mis libros”. La contraparte a su físico era su capacidad intelectual. A los 14 años se incorpora a la Universidad de Glasgow donde llega a ser alumno del profesor de filosofía moral F. Hutchinson. Luego ingresa en la Universidad de Oxford donde se queda por seis años. En 1748 ocupa el puesto de profesor de literatura en la Universidad de Edimburgo y en 1751 regresa a la Universidad de Glasgow donde hace clases de de lógica y en 1752 de filosofía moral.
Smith no era un economista, como se podría pensar hoy, y ni siquiera tenía gran formación matemática; era, antes que nada, un profesor de filosofía moral. Fue en ese ámbito donde se hizo conocido inicialmente y donde adquirió prestigio con la publicación, en 1756, del libro La Teoría de los sentimientos morales. Si bien este solo título lo habría hecho pasar a la posteridad, sería La riqueza de las naciones, que publicó veinte años después, el que le otorgaría su fama y prestigio.
En 1778 ocupó el cargo de director de Aduana en Edimburgo, puesto que desempeñó hasta su muerte en 1790. En 1787 fue nombrado rector honorífico de la Universidad de Glasgow.
4.1.1. Principales obras de Adam Smith 4.1.1.1. Teoría de los sentimientos morales
La Teoría de los sentimientos morales de 1759 empieza por la exploración de todas las conductas humanas en las cuales el egoísmo no parece jugar un papel determinante, como aseguraba Hobbes. Lo que se expone entonces es el proceso de simpatía (o empatía), a través del cual un sujeto es capaz de ponerse en el lugar de otro, aún cuando no obtenga beneficio de ello. Con esto se busca criticar a la concepción utilitarista, como aparece en Hume. El desarrollo de la obra lleva al descubrimiento del espectador imparcial, la voz interior que dictaría la propiedad o
impropiedad de las acciones. Este espectador imparcial puede asociarse al concepto de superyó, de Sigmund Freud.
A lo largo de la obra, el autor explica el origen y funcionamiento de los sentimientos morales: el resentimiento, la venganza, la virtud, la admiración, la corrupción y la justicia. El resultado es una concepción dinámica e histórica de los sistemas morales, en oposición a visiones más estáticas como las determinadas por las religiones. En términos filosóficos, la naturaleza humana estaría diseñada para avanzar fines o causas finales que no necesariamente son conocidos por los sujetos, que se guían por las causas eficientes.
4.1.1.2. La riqueza de las naciones (The Wealth of Nations)
En 1776, Adam Smith escribió su obra Una investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones (o simplemente La riqueza de las naciones), por la cual es considerado por muchos especialistas el padre de la Economía Política. Esta obra representa el intento por diferenciar la economía política de la ciencia política, la ética y la jurisprudencia. Un elemento fundamental para esta diferenciación fue la crítica al mercantilismo, corriente heterogénea que venía desarrollando nociones económicas desde el siglo XV, más vinculada a los imperios coloniales que a la naciente revolución industrial.
Según la tesis central de La riqueza de las naciones, la clave del bienestar social está en el crecimiento económico, que se potencia a través de la división del trabajo. La división del trabajo, a su vez, se profundiza a medida que se amplía la extensión de los mercados y por ende, la especialización.
Una particularidad de la obra es el planteamiento de que gracias a la apelación al egoísmo de los particulares, se logra el bienestar general; esto es muchas veces interpretado de forma imprecisa como que simplemente el egoísmo lleva al bienestar general. Sin embargo, pasajes tanto de esta obra como de Los sentimientos morales dejan en claro que la empatía con el egoísmo del otro (en donde acentúa la siguiente frase: “dame lo que necesito y tendrás lo que deseas”) y el reconocimiento de sus necesidades es la mejor forma de satisfacer las necesidades propias.
La obra incluye una filosofía de la historia, donde la propensión a intercambiar exclusiva del hombre se convierte en el motor del desarrollo humano. Esta obra constituye también una guía para el diseño de la política económica de un gobierno. Los beneficios de la mano invisible del mercado sólo se obtendrán en una sociedad bien gobernada.
Entre sus aportes más importantes se destacan:
. La diferenciación clara entre valor de uso y valor de cambio.
. El reconocimiento de la división del trabajo, entendida como especialización de tareas, para la reducción de costos de producción.
. La predicción de posibles conflictos entre los dueños de las fábricas y los trabajadores mal asalariados.
. La acumulación de capital como fuente para el desarrollo económico.
. La defensa del mercado competitivo como el mecanismo más eficiente de asignación de recursos.
4.1.2. Herederos teóricos de Adam Smith
La investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones ha estado sujeta a todo tipo de interpretaciones. Entre ellas las que más destacan son:
. David Ricardo: realiza una crítica a la obra, desarrollando más la teoría del valor trabajo y conceptos tales como el capital y la reproducción.
. Karl Marx: profundiza la línea de Ricardo, rescatando concepciones smithianas.
. Milton Friedman y Rose Friedman: se centra en temas como “La mano invisible” y el papel del Estado. Milton y Rose Friedman escriben La libertad de elegir, basados en la doctrina smithiana del libre comercio.
. Amartya Sen: destaca la importancia del sentimiento de la simpatía en la obra de Smith y cuestiona la estrecha interpretación friedmaniana que atribuye al egoísmo la armonía del mundo.
4.1.3. Adam Smith y el comercio internacional
La teoría clásica del comercio internacional tiene sus raíces en la obra de Adam Smith que plantea la interacción entre comercio y crecimiento económico. Según los principios establecidos en sus obras, los distintos bienes deberán producirse en aquel país en que sea más bajo su costo de producción y desde allí, exportarse al resto de las naciones. Por tanto define la denominada “ventaja absoluta” como la que tiene aquel país que es capaz de producir un bien utilizando menos factores productivos que otros, es decir, con un costo de producción menor. Defiende además el comercio internacional libre y sin trabas para alcanzar y dinamizar el proceso de crecimiento económico, y este comercio estaría basado en el principio de la ventaja absoluta y asimismo cree en la movilidad internacional de factores productivos.
4.2. Jeremy Bentham y el principio de utilidad en la Economía clásica
Jeremy Bentham es un filósofo británico fundador del utilitarismo. Amigo personal de James Mill y tutor de John Stuart Mill, influyó de forma extraordinaria en la teoría económica del siglo XIX y en los primeros marginalistas.
En su Introduction to the Principles of Morals (1780) propone como objetivo de la actividad política la consecución de “la mayor felicidad para el mayor número” de personas. Bentham es el padre de la función de utilidad y conoce la tendencia decreciente de la utilidad marginal. Sin embargo, su concepto de utilidad era cardinal ya que consideraba que podía ser medida con precisión. Además consideraba posible hacer comparaciones interpersonales de utilidad, cosa que actualmente se rechaza.
Estas ideas de Bentham fueron la base de una profunda crítica de la sociedad que aspiraba a comprobar la utilidad de las creencias, costumbres e instituciones existentes en su tiempo. Activista a favor de la reforma de las leyes, se enfrentó a las doctrinas políticas establecidas en su época, tales como el derecho natural y el contractualismo. Fue el primero en proponer una justificación utilitarista para la democracia. Adelantándose extraordinariamente a su tiempo, luchó por el bienestar de los animales, el sufragio universal y la descriminalización de la homosexualidad.
Bentham fundó el University College London donde, tal como lo solicitó en su testamento, su cuerpo embalsamado y vestido con sus propias ropas sigue expuesto en una vitrina en un pasillo muy concurrido a la vista de los alumnos. Hay muchas anécdotas relacionadas con esta curiosa excentricidad. La cabeza expuesta actualmente es de cera. La real fue robada en diversas ocasiones como una broma tradicional de los alumnos por lo que ahora está conservada en una caja fuerte de la UCL. El cuerpo, sin embargo, se traslada todos los años para presidir algunas reuniones en las que se le recuerda con la frase “Jeremy Bentham, presente pero sin derecho a voto”.
4.2.1. La función de la utilidad
La idea central del pensamiento y la obra de Jeremy Bentham, enunciada en el concepto “la función de la utilidad” afirma que la mayoría de los grandes debates políticos han sido inútiles para la felicidad del individuo. Para él, lo importante no son los intereses de la comunidad sino las aspiraciones concretas de cada uno de sus integrantes.
Bentham reduce su teoría moral y política a una concepción sensualista en la que el bien y el mal refieren al placer y el dolor. Para él, lo bueno es placer o felicidad y lo malo es dolor; de este
modo, una acción nos lleva a un resultado bueno o malo en función de la cantidad de placer o dolor que nos aporte. Este determinismo psicológico es importante para él ya que pretendía establecer un código de leyes que haría virtuosos a los hombres. Para Bentham, el único principio político razonable es el de intentar conseguir la mayor felicidad para el mayor número de personas. Todo lo que se parte de este principio fundamental es mera especulación y no sirve para nada. Para Bentham, las leyes deben estar diseñadas por un poder soberano que, siguiendo los principios utilitaristas, haya alejado cualquier influencia del derecho natural o de las ideologías. Igualmente, deben convertirse en ayudas desinteresadas para proporcionar felicidad a los individuos. Toda la obra de Bentham se basa en la búsqueda de “un sistema cuyo objeto fuera construir la fábrica de la felicidad con las manos de la razón y la ley”.
A pesar de su visión hedonista e individualista, Bentham no identifica utilidad con egoísmo ya que para él, la primera ley de la naturaleza es buscar la felicidad para uno mismo pero también la felicidad nuestra se encuentra en la felicidad de los demás.
Para Bentham, la racionalidad y la fuerza lógica que desarrollarían los individuos sobrepasaría las ideologías y los partidos políticos, sin embargo, su teoría no resuelve el conflicto entre los deberes sociales y los deseos individuales.
La idea de la mayor felicidad para el mayor número supone que no todos los deseos pueden ser satisfechos. Es ésta una visión realista de la democracia. Para Bentham ya que existe una imposibilidad de consenso, los legisladores requieren juicios de valor que dependen de situaciones históricas. Hay juicios mejores, fundamentados en la razón y la experiencia, y juicios peores que provienen de la irracionalidad y los prejuicios, por ello quiere apartarse de cualquier tipo de verdad absoluta o evidente. Para él, los proyectos políticos deben plantearse en función de su utilidad y el Estado debe encargarse de garantizar los principales objetivos y servicios públicos. Bentham presupone en los seres humanos la capacidad racional que les permitirá convertirse en sus propios abogados.
4.3. Thomas Robert Malthus y el principio de la población en la Economía clásica
Economista británico de la escuela clásica, discípulo de Adam Smith. Estudió en Cambridge donde se graduó en matemáticas y se ordenó religiosamente como pastor de la Iglesia Anglicana. En 1805, fue nombrado profesor de historia moderna y economía política del East India College, con lo que, de hecho, fue el primer profesor de economía política de la historia.
Malthus es conocido principalmente por su Ensayo sobre el principio de la población (1798), en el cual describe un principio por el cual la población humana crece en progresión geométrica, mientras que los medios de subsistencia lo hacen en progresión aritmética. Bajo esas hipótesis, se puede afirmar que se puede llegar a un punto en el que la población no encontrará recursos suficientes para su subsistencia, lo cual se conoce como “catástrofe maltusiana”. Pese a estas hipótesis, podemos afirmar que él no las dejó escritas y no hay constancia de que lo pensase así, comúnmente se le achaca el corolario a esta teoría de que los recursos son limitados y el ser humano está condenado a la extinción bajo corrientes ideológicas con tendencias fatalistas.
Malthus registró en su obra la lucha entre la capacidad humana de reproducción y los sistemas de producción de alimentos, la cual consideró que sería perpetua. Pese a que la progresión del crecimiento de la población fuese mayor a la de los sistemas de producción alimenticia (medios de subsistencia), a largo plazo entrarían en juego poderosos frenos. El freno positivo (la población podría frenarse por la guerra, el hambre, las plagas o las enfermedades) y el freno preventivo (la restricción al crecimiento de la población por “la prudencia y la prevención”, esto es, por la abstinencia sexual o el retraso de la edad del matrimonio cuando la pareja consiguiera acumular cierta cantidad de dinero u otros recursos).
Tomás Malthus afirmó en su Ensayo sobre los principios de la población que el crecimiento de ésta sobrepasaría la oferta de alimentos en 1798. Malthus no acertó porque la industrialización elevó la producción de alimentos en los países ricos y, de paso, redujo en ellos la tasa de fertilidad. Cuando la población se enriquece, las familias se reducen y cuando las familias se reducen, la población se enriquece. La educación de las madres ayuda a explicar esta tendencia.
La teoría de la población de Malthus ha contribuido a que la Economía sea conocida también como la ciencia lúgubre. Malthus también realizó importantes aportes a la teoría del valor y su medida, así como a la teoría de las crisis y el subconsumo.
Malthus ha sido descrito por su biógrafo principal como “el hombre mejor ultrajado de su tiempo”: efectivamente, y pese a la leyenda popular tanto de su época como posterior, fue un hombre de temperamento cariñoso, generoso y gentil. De sus muchas amistades, la más significativa para la historia de las ideas fue la que mantuvo con David Ricardo, su adversario intelectual en muchas ocasiones, pero su aliado en la búsqueda de la verdad. Una de las ideas que preocupaba a Malthus era lo que él llamaba el “atascamiento general”; guardando la distancia en el tiempo, tanto en el pasado, como hoy en día, muchas empresas producen bienes que él llamaba “esenciales”, como los alimentos, y los “no esenciales”, como son los artículos de lujo, deseados por las personas. Son muchas las empresas que han ido a la quiebra por producir grandes cantidades de bienes, que luego la gente no compra, ya sea porque no están interesados en ellos, porque no son motivadores, porque no los conocen o porque aparecen otros más innovadores y muchas veces más baratos.
El desarrollo histórico durante el siglo XX, con la culminación de la transición demográfica en buena parte de los países del mundo, ha hecho caer sus teorías, ya que los alimentos han crecido en progresión, en algunos casos mayor que la población por los avances en las técnicas agrícolas. En los años 60 y 70, bajo el lema de “La explosión demográfica”, demógrafos neomalthusianos pusieron énfasis en los peligros que tenía el crecimiento poblacional en los países subdesarrollados. Sin embargo, estos científicos presentan un análisis eurocéntrico y sesgado de la demografía, puesto que plantean como problemático algo que en Europa ocurrió en el siglo XIX igualmente y que luego se reguló por sí mismo en cuanto la sociedad cambió el valor de los hijos, de productivo a simplemente afectivo.
4.4. David Ricardo: la doctrina clásica de la renta; el sistema ricardiano y sus críticos
David Ricardo era el tercero de diecisiete hijos de una familia sefardí judía (procedente de Portugal) que emigró de Holanda a Inglaterra antes de su nacimiento. Después de una breve etapa escolar en Holanda, empezó a trabajar a los catorce años, en la London Stock Exchange (Bolsa de Londres), como empleado de su padre, donde aprendió lo básico sobre finanzas. En 1793, se casó fuera de la fe judía y las relaciones con su familia se volvieron más tirantes, por lo que Ricardo decidió establecerse por su cuenta. Especializado en la negociación de valores públicos, prosperó bastante rápido y para 1815 había amasado una fortuna considerable.
Después de haber adquirido su fortuna en la Bolsa de Londres, se convirtió en terrateniente. En 1819 fue elegido miembro del Parlamento; retuvo el cargo hasta su muerte. En la Cámara de los Comunes sus opiniones gozaban de autoridad, y se ha dicho de él que fue el primero en educar a la Cámara en el análisis económico. Se retiró de los negocios, lo que le permitió dedicarse a trabajos intelectuales desde muy joven.
Su interés por los problemas de la teoría económica se desarrolló hacia la mitad de su vida. Su primer contacto con el tema parece datar de 1799 cuando en una visita con su mujer al balneario de Bath, leyó a Adam Smith. En 1809, aparecieron publicadas sus primeras opiniones sobre economía en forma de cartas a la prensa firmadas por "R" en relación con la depreciación de la moneda.
4.4.1. Obra económica y herederos teóricos
Su obra más importante, Principios de Economía Política y Tributación, aparecida en 1817, constituye la exposición más madura y precisa de la economía clásica; en el prefacio afirma que “el principal problema de la economía política es determinar las leyes que regulan la distribución”. Con ese fin desarrolló una teoría del valor y una teoría de la distribución. Escribió también gran número de ensayos, cartas y notas que contienen aportaciones de importancia. Sin embargo, sus escritos resultan tan condensados y complejos que muchos lectores encuentran mejor expuestas sus ideas en los trabajos de Jean-Baptiste Say, Malthus y McCuloch.
La labor de este economista es particularmente importante por el lugar destacado en que colocó al problema del valor, especialmente al poner de manifiesto con claridad que los problemas de la distribución dependen de la teoría del valor.
4.4.2. Principales ideas económicas de Ricardo 4.4.2.1. Ley de hierro de los salarios
A David Ricardo, también se le atribuye la idea que afirma que el salario real de los trabajadores permanecerá cercano al nivel de subsistencia aunque haya intentos de incrementarlos, conocida como la “ley de hierro de los sueldos”, basada a su vez en las ideas de Thomas Malthus.
La ley del hierro de sueldos, también conocida como ley de bronce de los salarios, es el argumento según el cual los salarios tienden “naturalmente” hacia un nivel mínimo, que corresponde a las necesidades mínimas de subsistencia de los trabajadores. Cualquier incremento en los salarios sobre este nivel llevará a un incremento de la población, y entonces el aumento de la competencia por obtener un empleo hará que los salarios se reduzcan de nuevo a ese mínimo.
Su nombre viene del título de un folleto publicado en 1817 por Ricardo (Iron law of wages). Para explicar por qué los salarios bajan hasta el nivel de subsistencia, David Ricardo basaba su argumentación en la Ley de los rendimientos decrecientes de la tierra. A medida que las mejores tierras se iban ocupando, la creciente población se desplazaba a tierras con una productividad menor, es decir, tierras marginales. Cuando las tierras sólo dan para subsistir, el salario es por tanto de subsistencia. Debido a la competencia entre los trabajadores, además ese salario será el mismo para todos los trabajadores (incluso para aquellos que trabajan en tierras con mayor productividad). El argumento de David Ricardo se puede extrapolar también a una economía industrial (no sólo agrícola) si suponemos también rendimientos decrecientes del factor capital.
Influyó en Karl Marx, en particular en su visión pesimista acerca de la posibilidad de que los trabajadores puedan beneficiarse del capitalismo. Sin embargo, es un error frecuente considerar que Marx concuerda con Ricardo respecto de esta ley, ya que en el primer autor la cantidad y tipo de mercancías necesarias para reproducir la fuerza de trabajo tienen un carácter histórico y cultural; no necesariamente se encuentran en un nivel mínimo de subsistencia.
F. Lasalle la divulgó posteriormente como “Ley de bronce económica” (Das echerne ökonomishe Gesetz, 1863), al compararla con la perennidad de las leyes escritas en placas de bronce.
Ludwig von Mises, argumentó que si se adopta este razonamiento para demostrar que a largo plazo no es posible un incremento en el salario medio por encima del mínimo, debe asumirse también que tampoco una bajada de ese valor puede ocurrir.
4.4.2.2. La equivalencia ricardiana
La equivalencia ricardiana, hoy en día conocida como la proposición de equivalencia Barro-Ricardo, es una teoría económica que sugiere que el déficit fiscal no afecta a la demanda agregada de la economía.
La argumentación en que se basa la teoría es la siguiente: el gobierno puede financiar su gasto mediante los impuestos cobrados a los contribuyentes actuales o mediante la emisión de deuda pública. No obstante, si elige la segunda opción, tarde o temprano tendrá que pagar la deuda subiendo los impuestos por encima de lo que éstos se ubicarían en el futuro si otra fuera la elección: la elección es entre pagar impuestos hoy o pagar impuestos mañana.
Supóngase, por ejemplo, que el gobierno decide financiar un gasto adicional a través de déficit, esto es, mediante cobrar impuestos mañana. Ricardo argumentaba que aunque los ciudadanos tienen más dinero hoy, ellos se darían cuenta que tendrían que pagar impuestos mayores en el futuro y, por lo tanto, ahorrarán un dinero adicional para poder pagar los impuestos futuros. Este mayor ahorro por parte de los consumidores compensaría exactamente el gasto adicional del gobierno, de modo tal que la demanda agregada permanecerá inmodificada.
Posteriormente, Robert Barro publicó un artículo intitulado Are Government Bonds Net Wealth?" (¿Son riqueza neta los bonos del gobierno?) en el Journal of Political Economy (vol. 82, n° 6, nov.- dic., 1974, pp. 1095-1117). Este modelo supone que las familias actúan como dinastías que viven hasta el infinito, debido al altruismo intergeneracional, que los mercados de capitales son perfectos (en el sentido de que todos pueden prestar y endeudarse a la misma tasa de interés) y que la senda de los gastos del gobierno está dada. En estas condiciones, si el gobierno financia los gastos mediante emisión de bonos de deuda, las familias dejarán donaciones a sus hijos los suficientemente grandes como para compensar los mayores impuestos que se necesitarán para pagar esos bonos. Este artículo es una contribución importante a la nueva Macroeconomía clásica, construida en torno a la hipótesis de las expectativas racionales.
La teoría de la equivalencia ricardiana sugiere que los intentos del gobierno de influir sobre la demanda agregada mediante la política fiscal están condenados al fracaso. Esta idea se opone frontalmente a la teoría keynesiana, que afirma que la política fiscal, debido a los efectos del multiplicador de la renta, será efectiva logrando que los incrementos de déficit público logren incrementos mayores en proporción de la demanda agregada.
La investigación empírica rechaza la equivalencia ricardiana en su forma pura, aunque algunos estudios han encontrado efectos ricardianos en el comportamiento del ahorro
4.4.2.3. El comercio internacional
Podemos afirmar que Ricardo constituye uno de los pilares de la Escuela Clásica, y desplazo el énfasis desde la producción a la distribución, punto de partida para el estudio posterior del comercio internacional.
Los aspectos más significativos de su indagación y aporte son los siguientes:
. Descubrir la base que permite del intercambio entre las mercancías y las relaciones que de él se generan, interesándose por los precios relativos más que por los absolutos, en atención a que las mercancías obtienen su valor de dos fuentes: de sus escasez y de la cantidad de trabajo necesario para obtenerlas.
. Su análisis de la renta de la tierra y el desarrollo de la teoría de los costos comparativos, fueron sus contribuciones más significativas al mundo de la economía.
. Las diferencias en la calidad de la tierra determinarían que, si bien los propietarios de las tierras fértiles obtendrían rentas cada vez más altas, la producción en las de peor calidad generaría sólo lo justo para cubrir los costos, sin lugar a la renta.
. El crecimiento de la población acompañaba a la expansión económica, y que esta expansión generaría un aumento de las necesidades de alimentos, la que solo podía satisfacerse a costos más altos.
. A fin de mantener los salarios reales a su nivel anterior, serían necesarios salarios monetarios más altos, lo cual haría disminuir la participación de los beneficios en el producto.
.El proceso de expansión económica podía atentar contra sus propios cimientos; la acumulación de capital a partir de los beneficios, generaría el estado estacionario en el que no habría crecimiento.
.Desarrolló la teoría de los costos comparativos defendiendo que cada país debería especializarse en aquellos productos que tuvieren un costo comparativo más bajo e importar aquellos cuyo costo comparativo fuera más elevado (política ricardiana de libre comercio).
Según esta política, cada país debe dedicar su capital y trabajo a aquellas actividades productivas que les resulten más beneficiosas. De esta forma, se distribuye el trabajo con la mayor eficiencia y aumenta al mismo tiempo la cantidad total de bienes, lo que contribuye el bienestar general.
4.4.2.4. La ventaja comparativa
Una ventaja comparativa (comparative advantage) es la ventaja que disfruta un país sobre otro en la elaboración de un producto, cuando éste se puede producir a menor costo, en términos de otros bienes y en comparación con su costo en el otro país.
Los supuestos básicos que subyacen en el modelo de Ricardo, aunque él nunca los hizo explícitos, son los siguientes:
Desde el punto de vista de la producción:
. Cada país produce dos bienes mediante el empleo de un solo factor de producción que es totalmente homogéneo del que hay una dotación fija: el trabajo.
. La tecnología se representa mediante una función de producción de coeficientes fijos, lo que tiene como consecuencia que las productividades marginales y medias del trabajo van a ser iguales entre sí.
Desde el punto de vista de la demanda:
. Se cumple la ley de Say, todo lo que se produce es vendido y no se puede gastar más de lo que se produce.
Respecto al comercio internacional:
.    El mundo sólo tiene dos países (en el ejemplo, Inglaterra y China).
.    El comercio es libre. No existen restricciones al comercio.
.    No hay costos de transporte.
.     El trabajo es inmóvil internacionalmente.
Supuestos institucionales:
. Existe competencia perfecta en todos los mercados y en todos los países.
. El valor de un bien se determina por el número de horas que incorpora el trabajador.
. Los gustos están dados.
. La estructura y distribución de la renta está dada y es conocida.
4.5. John Stuart Mill
Educado desde muy pequeño directamente por su padre, James Mill, se convirtió en una especie de niño superdotado intelectualmente aunque con dificultades para sus relaciones sociales y con el sexo opuesto.
Liberal, pero profundamente preocupado por las cuestiones sociales, defendió la libertad sindical y el cooperativismo. Fue pionero del feminismo y, en su juventud, fue arrestado por propagar métodos de control de natalidad.
Discípulo de Jeremy Bentham y seguidor de David Ricardo, prestó especial atención a temas metodológicos y avanzó muchas ideas recogidas posteriormente por la Economía del Bienestar.
Mill trabajó para la Compañía de las Indias Orientales y fue al mismo tiempo, miembro del Parlamento por el partido Liberal. Mill abogó por aligerar las cargas sobre Irlanda y básicamente trabajó por lo que él consideró oportuno. En Consideraciones sobre el gobierno representativo, Mill propuso varias reformas del Parlamento y del sistema electoral, especialmente trató las cuestiones de la representación proporcional y la extensión del sufragio. En 1840 inició una fecunda amistad con el psicólogo y filósofo escocés Alexander Bain.
En 1851, Mill se casó con Harriet Taylor, tras 21 años de amistad. Taylor fue una importante influencia sobre su trabajo e ideas tanto durante su amistad como durante su matrimonio. La relación con Harriet Taylor inspiró la defensa de los derechos de las mujeres por parte de Mill.
Aunque no fue profesor universitario, Mill cultivó casi todas las ramas de la filosofía, desde la lógica hasta la teoría política pasando por la ética. En lógica, psicología y teoría del conocimiento, Mill era empirista y positivista. Consideraba que el conocimiento humano tenía su origen y su límite en la experiencia observable. Todo conocimiento parte de las impresiones sensibles de los sujetos y los conceptos más abstractos se forman a partir de las “asociaciones” de impresiones realizadas por la mente, este es el llamado asociacionismo psíquico. Según Mill, la inducción es el principio lógico que permite derivar conocimientos universales a partir de la observación de fenómenos particulares. Después de haber observado muchos cisnes blancos particulares, podría inducirse el enunciado universal “Todos los cisnes son blancos”. Ahora bien, una gran cantidad no equivale a la totalidad, “muchos” -por más que sean- no puede equipararse a “todos”. De manera que el conocimiento científico es meramente probable, no necesario, como ya indicó en su momento David Hume, a quien Mill sigue en este punto.
La obra Sobre la libertad, se dirige a la naturaleza y límites del poder que puede ser ejercido legítimamente por la sociedad sobre el individuo. Uno de los argumentos insignia de Mill, es el principio del daño o principio del perjuicio (harm principle). Éste mantiene que cada individuo tiene el derecho a actuar de acuerdo a su propia voluntad en tanto que tales acciones no perjudiquen o dañen a otros. Si la realización de la acción sólo abarca la propia persona, esto es, si solo afecta directamente al individuo ejecutor; la sociedad no tiene derecho alguno a intervenir, incluso si cree que el ejecutor se está perjudicando a sí mismo. Sostiene, sin embargo, que los individuos están exentos del derecho a llevar a cabo acciones que puedan causar daños perdurables y graves sobre su persona o propiedades, según postula el harm principle. En tanto que nadie existe en absoluto ostracismo, el daño que recibe uno mismo también perjudica a otros y el destruir propiedades afecta a la comunidad tanto como a uno mismo. Mill excluye a aquellos que son “incapaces de autogobierno” de tal principio, tales como niños en edad temprana o aquellos que viven en estados socialmente atrasados (backward states of society).
Para dichos estados atrasados, Mill mantiene que el despotismo puede considerarse una forma de gobierno aceptable, siempre que el déspota tenga en mente los intereses del pueblo, a causa de los obstáculos y dificultades del progreso espontáneo. Aunque este principio parezca claro, hay un número de complicaciones. Por ejemplo, Mill defiende explícitamente que lo que entendamos por “daño” puede englobar actos de omisión, así como actos de comisión. Por ende, fracasar a la hora de salvar un niño en apuros contaría como un acto perjudicial, tanto como no pagar impuestos o ausentarse en una vista judicial a la que se ha sido exhortado como testigo. Todas estas omisiones negativas pueden ser recogidas por una regulación según Mill. Por contra, no   cuenta   como   un   hecho   perjudicial   el   dañar   a   alguien   si   -sin   fuerza   o   fraude-   el   individuo
afectado consiente asumir el riesgo. Por esta razón uno podría ofrecer empleos sin seguridad laboral a otros, dado que no involucra decepción (sin embargo, Mill reconoce un límite concreto a este consentimiento: la sociedad no debe permitir que los individuos se vendan a sí mismos en la esclavitud). En estos casos es importante tener en mente que los argumentos que usa en Sobre la libertad, están basados en el principio de utilidad y nunca apelan a derechos naturales. La cuestión de cuáles son las acciones que consideramos como atañentes exclusivamente al individuo ejecutor y cuales, ora por comisión, constituyen daños sujetos a regulación, sigue viva en las interpretaciones del autor. Es importante enfatizar que Mill no consideraba que la ofensa fue constitutiva de daño; ninguna acción podría ser restringida simplemente por haber violado las convenciones morales de una sociedad determinada. La idea de una ofensa que perjudica y, por tanto, objeto de restricción fue posteriormente desarrollada por Joel Feinberg en su principio de ofensa (offense principle), que es esencialmente una extensión del harm principle de Mill.
En Sobre la libertad, se lleva a cabo una apasionada defensa de la libertad de expresión. Mill defiende el discurso libre como una condición necesaria para el progreso social e intelectual. No podemos determinar con claridad, dice, que una opinión silenciada no contenga algún elemento de verdad. Además sostienen que el permitir divulgar opiniones falsas puede ser productivo por dos razones: en primer lugar, los individuos tenderán a abandonar creencias erróneas si están involucrados en un fecundo intercambio de ideas, y en segundo, forzando a otros individuos a examinar de nuevo y reafirmar sus creencias en el proceso de debate, estas creencias se abstienen de desvirtuarse, volviéndose meros dogmas. No es suficiente para Mill la defensa de una creencia que casualmente sea cierta, el creyente debe comprender por qué la idea que sostiene es la verdadera.
Mill creía que “la lucha entre libertad y autoridad es el rasgo más destacable de las etapas de la historia”. Para él, la libertad en la antigüedad era “un concurso... entre sujetos, o ciertas clases de sujetos, y el gobierno”. Mill definió libertad social como protección de la tiranía del gobernante político. Presenta en su obra un cierto número de distintas tiranías, entre las cuales están la tiranía social y también la tiranía de la mayoría.
La libertad social según Mill, consistía en poner límites al poder del gobernante tal que no fuese capaz de utilizar su poder en beneficio de sus propios intereses y tomar decisiones que pudieran conllevar perjuicio o daño para la sociedad; en otras palabras, la población debe ostentar el poder de tomar parte en las decisiones del gobierno. Mantuvo que la libertad social es “la naturaleza y límite del poder que puede ser legítimamente ejercitado por la sociedad sobre el individuo”. Ésta se intenta lograr de dos maneras: la primera es la que recurre a la vía del reconocimiento de unas determinadas inmunidades, llamadas libertades políticas o derechos; la segunda recurre al establecimiento de un sistema de comprobaciones constitucionales. Sin embargo, limitar el poder del gobierno no resulta suficiente.
La concepción de Mill sobre la libertad, influenciada por Joseph Pristley y Josiah Warren, consiste en el hecho de que el individuo ha de ser libre para hacer cuanto desee mientras no dañe al prójimo. Cada persona es por sí misma suficientemente racional para poder tomar decisiones acerca de su propio bien y elegir asimismo la religión que plazca. El gobierno solo debe intervenir en tanto se trate de la protección de la sociedad, explica Mill. En este sentido, en The Contest on America afirmó: “No hay otro fin que la raza humana tenga garantizados, individual o colectivamente, al interferir en la libertad de acción cualquiera que sea su número, que no sea la protección personal. El único propósito por el cual el propio poder puede ejercerse adecuadamente sobre cualquier miembro de una comunidad civilizada contra su voluntad es la prevención del daño ajeno. El propio bien, sea físico o moral, no es garantía suficiente.
Acerca de la libertad de expresión, planteando un caso hipotético para ilustrar su postura, Mill escribe en Sobre la libertad, lo siguiente: “A fin de ilustrar más completamente el error de
negarse a oír a determinadas opiniones porque nosotros, en nuestro propio juicio, las hayamos condenado, será conveniente que fijemos la discusión en un caso concreto; y elijo, preferentemente, aquellos casos que son menos favorables para mí, en los cuales el argumento contra la libertad de opinión, tanto respecto a la verdad como a la utilidad, está considerado como el más fuerte. Supongamos que las opiniones impugnadas son la creencia en Dios y en la vida futura, o algunas de las doctrinas corrientes de la moralidad [...] Pero debe permitírseme observar que no es el sentirse seguro de una doctrina (sea ella cual sea) lo que yo llamo una presunción de infalibilidad. Esta consiste en tratar de decidir la cuestión para los demás, sin permitirles oír lo que pueda alegarse por la parte contraria. Y yo denuncio y repruebo esta pretensión igualmente cuando se refiere a mis más solemnes convicciones. Por positiva que pueda ser la persuasión de una persona no sólo de la falsedad, sino de las consecuencias perniciosas de una opinión -y no sólo de estas consecuencias perniciosas, sino para adoptar expresiones que terminantemente condeno de su inmoralidad e impiedad-, si a consecuencia de este juicio privado, aunque esté apoyado por el juicio público de su país o de sus contemporáneos, prohíbe que esa opinión sea oída en su defensa, afirma quien tal haga, su propia infalibilidad. Y esta presunción, lejos de ser menos reprensible o peligrosa, por tratarse de una opinión que se llama inmoral e impía, es más fatal en este caso que en cualquier otro”.
El autor explica aquí lo absurdo de tomar de antemano las opiniones propias por buenas (infalibilidad), incluso basándonos en juicios socio-culturales (inmoralidad e impiedad de opinión) para obrar mediante la censura, recalcando la especial gravedad del caso dado que está en juego lo que atañe a los demás, a los otros. Así, el autor se posiciona radicalmente a favor de la libertad de expresión y con visiones críticas a toda actitud censora.
En 1850, Mill envió una carta anónima (que posteriormente sería conocida como The Negro Question, habitualmente traducida como “La cuestión negra”), en calidad de refutación a la misiva asimismo anónima de Thomas Carlyle publicada en la revista Fraser's Magazine for Town and Country. Carlyle había defendido la esclavitud en campos de inferioridad genética y argumentaba que el desarrollo de los indios occidentales se debía únicamente a la ingenuidad británica, negando cualquier tipo de deuda en lo referente a la importación de esclavos para el desarrollo de la economía del lugar. La respuesta de Mill y sus referencias al debate que durante aquella época se daba en EEUU sobre la esclavitud fueron enfáticas y elocuentes.
Mill es además conocido por ser uno de los primeros y más acérrimos defensores de la liberación femenina. Su libro El sometimiento de las mujeres (The Subjection of Women) es una de las obras más antiguas en el campo del femenismo defendido por hombres. El autor notaba que la opresión de la mujer era uno de los pocos vestigios conservados procedentes de modelos sociales obsoletos, un conjunto de prejuicios que impedía arduamente el progreso de la humanidad.
En términos económicos, John Stuart Mill es considerado como el último gran economista clásico. Con su muerte termina una tradición cuyos principales exponentes son -además de Mill-Adam Smith, Thomas Malthus y David Ricardo.
Uno de los principales libros de Mill es Sobre la libertad, el cual se transformó en una fuente del liberalismo, y es donde expone el principio absoluto que debería gobernar las relaciones entre la sociedad y sus miembros. Este principio consiste en la no intervención de la autoridad, ya que las personas son soberanas en sus acciones. Como ejemplo, Mill señaló que el Estado no puede impedir a una persona que pase por un puente en malas condiciones en consideración de su propio bien. Sólo podrá aconsejar, advertir o incluso suplicar, pero en ningún caso obligar a alguien a que haga algo -o deje de hacerlo- por su propio bien. Este ejemplo se proyecta a la gran mayoría de los actos sociales y, por supuesto, a los económicos.
Sin embargo, este autor no era dogmático y con el paso del tiempo fue introduciendo una serie   de   excepciones   a   su   doctrina   de   la   no   intervención   del   Estado   en   el   campo   económico.
Planteó que una vez cumplidos sus deberes de policía, la autoridad podía hacer mucho, directa o indirectamente, para ayudar a mejorar el bienestar material de la gente. Una de las excepciones más famosas al laissez faire que Stuart Mill menciona, es el caso de reducción de horas de trabajo. Para él, la única forma de acortar la jornada laboral era por ley, puesto que para lograrlo se necesitaba que todos los trabajadores se organizaran, lo cual era muy improbable (se debe recordar que en esa época, en plena Revolución Industrial, los horarios de trabajo duraban muchas veces más de dieciséis horas diarias).
Si bien se puede criticar la incongruencia de John Stuart Mill, gran parte de sus excepciones al laissez faire, con el tiempo, se fueron transformando en leyes adoptadas en distintos países. Por lo tanto, el hecho de que asumiera que el laissez faire debía ser la regla, y cualquier desviación del mismo debía hacerse sólo cuando no quedara alternativa; no está tan lejos del principio de subsidiaridad tan común en nuestros días.
Introducidas sus excepciones, Mill llegó a afirmar la ahora famosa dicotomía entre las leyes. Por una parte, existían las leyes económicas de producción, que eran gobernadas por leyes inmutables que se debían acatar. Por otra, existían las leyes sociales de la distribución, las cuales no estaban determinadas sólo por las fuerzas económicas. Según Mill, las leyes de la distribución son casi por entero materia de la voluntad de cada uno y de las instituciones humanas, las cuales, a su vez, son producto de valores, costumbres, filosofías sociales y gustos cambiantes.
Respecto del futuro de la sociedad, Mill tenía una concepción similar a la de David Ricardo, según la cual en algún momento se detendría el crecimiento económico, y la sociedad entraría en un estado estacionario. Esto se produciría por una suma de diversas causas: los progresos técnicos, la ley de rendimientos decrecientes, la acumulación de capital y el incremento de la competencia de las empresas. Estos componentes se combinarían y darían como resultado que las ganancias de los productores disminuyeran y la renta de la tierra se incrementara. De este modo, la economía en algún momento pasaría de crecer a estancarse.
Lo curioso es que Mill, a diferencia del pesimismo de otros autores como Malthus, miró con complacencia ese paso de un estado progresivo a un estado estacionario. En este último, podrían evaluarse los problemas de equidad en la distribución y las reformas sociales podrían realizarse con rapidez, siempre que existiera un férreo control a la natalidad, ya que su ausencia, sostenía Mill, era una de las causas principales de la pobreza. El estado estacionario se convirtió, para este autor, en una especie de utopía en la que al haberse alcanzado la opulencia, el Estado podría resolver los problemas que realmente importaban, es decir, la igualdad de la riqueza y de las oportunidades.
Bibliografía
. Ekelund, Robert B. y Hébert, Robert F. Historia de la Teoría Económica y su Método. 3a ed. México, D.F.: McGraw-Hill. 2005.
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. Silva Herzog, Jesús. Homilía, para Futuros Economistas en inquietud sin tregua. Ensayos y artículos escritos 1937-1965. México, D. F.: Ed. Cuadernos Americanos, 1965.
. Trangay Vázquez, Greta. Historia del Pensamiento Económico. Morelia, Michoacán: UMSNH. 2005.

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