lunes, 30 de enero de 2012

ESCUELAS ALTERNATIVAS A LA TEORÍA CLÁSICA - Economia


. Socialistas e historicistas
Entre la aparición de la obra pionera de Adam Smith en 1776 y la realización final de John Stuart Mill en 1848, se produjeron diversos acontecimientos de una formidable significación económica, política y social. La Declaración de Independencia americana, redactada el mismo año de publicación de La Riqueza de las Naciones de Smith, señaló el nacimiento de una nueva nación y el inicio de su marcha hacia la independencia económica. En el continente, el impacto de la profunda reorganización social que siguió a la Revolución Francesa llegó a toda Europa. Coincidiendo con estas dos conmociones tuvo lugar el constante ascenso del industrialismo y del sistema fabril en Inglaterra, Europa continental y Norteamérica1.
El sistema fabril introdujo importantes transformaciones en el panorama económico y social. Muchos autores contemporáneos se dieron cuenta de que la clase trabajadora soportaba los mayores costos de estos cambios, en forma de dislocación económica y congestión urbana. Los críticos del periodo plantearon la cuestión de los beneficios de la industrialización y la validez de un sistema analítico que trataba de explicar las consecuencias y el impulso de la nueva sociedad industrial.
No todos los países fueron un campo de batalla en el mismo grado. Inglaterra y el continente, por ejemplo, estaban separados tanto intelectual como geográficamente. Gran Bretaña tenía una larga tradición de individualismo, que se remontaba por lo menos hasta la época de John Locke; esto se reflejaba en el gobierno parlamentario de Inglaterra (monarquía limitada), que existía al lado de las monarquías absolutas de Europa en el siglo XVIII y principios del siglo XIX.
En contraste, el pensamiento continental fue influido en gran medida por el racionalismo cartesiano, que rechazaba las cosas materiales en la búsqueda de la verdad interior. Los filósofos continentales del siglo XVIII y principios del XIX pusieron más énfasis en la actividad del grupo que en la individual. Rousseau, por ejemplo, pensaba que los derechos de propiedad conducían al progreso individual y social, pero que había usos sociales deseables de la propiedad; Hegel consideraba la libertad no en el sentido lockiano, como una relación entre el individuo y el grupo, sino en términos de asociaciones con otros: familia, Iglesia y Estado. No es sorprendente, por tanto, que los primeros ataques contra la economía política fueran ideados fuera de Gran Bretaña.
Con la excepción de Rousseau, todos los grandes filósofos de la Ilustración francesa contemplaron la historia como una progresión interminable de los seres humanos hacia la razón y la verdad. En la arena económica, esta visión parecía justificada por la rápida expansión de la producción y de la capacidad productiva en la primera mitad del siglo XIX, pero no se producían avances igualmente rápidos en el campo social. La clase trabajadora recibía generalmente salarios bajos, trabajaba largas horas y lo hacía en las peores condiciones, de ahí que durante el siglo XIX los defensores de la clase trabajadora. De ahí que durante el siglo XIX los defensores de la clase trabajadora intentasen “socializar” la economía.
Estrechamente relacionada con el ascenso de las ideas socialistas, a finales del siglo XVIII apareció una corriente de pensamiento que se convirtió en característica de la primera mitad del siglo XIX: la idea de que la sociedad evoluciona o progresa, a través de una sucesión de etapas, cada una de ellas superior a la anterior. Esta idea apareció primera como una teoría de la historia; más tarde se convirtió también en una teoría de la economía.
Iniciador de este nuevo planteamiento fue el filósofo francés Condorcet (1743-1794), quien creía que el desarrollo histórico está sujeto a leyes generales y que la tarea del historiador consiste en descubrir aquellas leyes por las que los seres humanos progresan hacia la verdad y el bienestar.
1 En: Ekelund, Robert B. y Hébert, Robert F. Historia de la Teoría Económica y su Método. 3ª ed. México, D.F.: McGraw-Hill, p.
247.
Así, Condorcet consideraba los errores del pasado, y especialmente los de la Revolución, como parte de una etapa de transición en la senda que conducía a la perfección social.
Al estudiar la naturaleza temporal de la historia, Condorcet atribuyó el retraso en el desarrollo social al hecho de que la historia, hasta su época, había sido siempre la historia de los individuos más que la historia de las masas. En consecuencia, las necesidades y el bienestar de la sociedad, habían sido sacrificados a los de unas pocas personas. Por tanto, suscitaba dos temas importantes que en alguna medida se encuentran en la base de casi toda la crítica decimonónica del capitalismo: la idea de leyes naturales del desarrollo histórico y la visión colectivista de la historia como estudio de las masas.
La idea de etapas progresistas en el desarrollo histórico y económico fue difundida, primero por Henri Saint-Simon y después por Simonde de Sismondi y Friedrich List. Tomados en su conjunto, sus escritos proporcionan una ilustración transversal del planteamiento evolutivo histórico del desarrollo económico.
5.1.1. Saint-Simon: profeta del industrialismo
Claude Henri de Rouvroy, conde de Saint-Simon (1760-1825), nació en la nobleza francesa. De carácter excéntrico, Saint-Simon consiguió fundar una escuela de seguidores e influyó en un una serie de pensadores importantes, incluyendo a Auguste Comte, Karl Marx y John Stuart Mill.
En economía, Saint-Simon desarrolló una teoría evolutiva de la historia que más tarde Comte refinó, convirtiéndola en la popular teoría de los tres estadios de la historia. Básicamente, la propia investigación de Saint-Simon sobre la historia revelaba una yuxtaposición de dos sistemas sociales contradictorios: el primero (la Francia prerrevolucionaria) se basaba en la fuerza militar y en la aceptación acrítica de la fe religiosa; el segunda (Francia después de la Revolución) se basaba en la capacidad industrial y en la aceptación voluntaria del conocimiento científico.
En contraste con los economistas clásicos, Saint-Simon halló la clave para aumentar la producción con base en la razón y en la identidad de los intereses de clase. Su singular desconfianza en el egoísmo se apoyaba en su descubrimiento, en el estudio de la historia, de una creciente comunidad de intereses que acompañaba el avance de la civilización; por tanto, se dio cuenta de que la cooperación económica y la organización industrial brotarían espontáneamente del progreso de la sociedad.
El principal objetivo del nuevo orden de Saint-Simon era aumentar el control de los seres humanos sobre las cosas, no sobre las personas. Por tanto, el control implicado en la estructura organizativa que proponía no era gobierno en el sentido tradicional, sino más bien administración tradicional2. Lo que Saint-Simon defendía claramente era que la pericia de artistas, científicos y dirigentes industriales fuera formalmente reconocida y utilizada en la concepción y planificación de las obras públicas destinadas a aumentar el bienestar social, como la construcción de carretera y canales, los proyectos de drenaje, el desmonte de tierras y la provisión de educación gratuita.
En su plan para un “parlamento industrial”, Saint-Simon ideó un programa de organización económica que utilizaría los talentos de la elite científica e industrial. Este parlamento, inspirado en el gobierno británico, constaría de tres cuerpos: el primero (Cámara de Inventos) estaría compuesta por 300 miembros, entre los que se encontrarían ingenieros civiles, poetas, artistas, arquitectos y músicos, cuyo cometido sería redactar un plan de obras públicas para mejorar la condición de los habitantes de Francia. La segunda asamblea (Cámara de Examen) también tendría 300 miembros, en su mayoría matemáticos y físicos, quienes evaluarían la viabilidad de los proyectos propuestos por la primera cámara y también desarrollarían un plan director de educación pública; finalmente,
la tercera asamblea (Cámara de Ejecución), con un número indeterminado de miembros, incluiría representantes de cada sector industrial, y ejercería el derecho de veto sobre todos los proyectos propuestos y aprobados por las Cámaras de Inventos y Examen, y también podría recaudar impuestos.
Algunos autores han interpretado el parlamento industrial de Saint-Simon como anteproyecto de una economía totalmente planificada. Sin embargo, el propio Saint-Simon limitó el concepto de planificación centralizada sólo a la realización de obras públicas, y en esto no se apartaba de la tradición económica clásica; no obstante, Saint-Simon fue más allá en otros aspectos, dando una nota claramente keynesiana cuando argumentó que el gobierno, si fuera necesario, debería proporcionar empleo a los sanos y asistencia a los incapacitados.
En lo referente a la producción de bienes privados, Saint-Simon defendió la confederación de asociaciones profesionales, las cuales podrían contribuir a la eficiencia económica en la producción compartiendo el conocimiento y la tecnología entre sus miembros.
5.1.2. Sismondi: crítico del capitalismo
Sismonde de Sismondi (1773-1848), nacido en Ginebra y formado como historiador, adquirió experiencia práctica en negocios y finanzas en Francia, cuando era muy joven. Más tarde se convirtió en uno de los pioneros y principales críticos de la teoría económica clásica en el siglo XIX. Al hacer esto, sentaría las bases del método de análisis que más tarde desarrolló la escuela histórica alemana.
Examinando los efectos de la Revolución Industrial con ojos de historiador, Sismondi observó que la cooperación económica, característica del sistema gremial, daba paso en el régimen industrial a conflictos de intereses entre trabajo y capital. Además, constató que las mejoras en las condiciones de vida entre los trabajadores se estaban retrasando seriamente respecto de los formidables aumentos de riqueza forjados por la era de la máquina. La competencia ilimitada, en lugar de aumentar el bienestar social, llevaba a la rivalidad universal, la producción en gran escala y el exceso de oferta.
Sismondi anticipó la lucha de clases entre el trabajo y el capital que iba a distinguir la economía marxiana, pero a diferencia de Marx, Sismondi no veía la lucha de clases como un fenómeno permanente: era sencillamente el resultado de las instituciones sociales existentes y podía eliminarse mediante los cambios adecuados en esas instituciones.
Uno de los ataques más enérgicos de Sismondi al clasicismo se refería a la maquinaria. En general, los economistas clásicos consideraron la introducción de la maquinaria como algo beneficioso, porque aumentaba la eficiencia económica y disminuía los costos de producción y los precios del producto, incrementando de este modo el bienestar del consumidor.
Sismondi, por otra parte, aunque reconocía las ventajas que en orden a la reducción de costos tenía la maquinaria, se percató de que tales beneficios no justificaban el perjuicio ocasionado por el desempleo tecnológico, ya que la introducción de maquinaria que ahorra trabajo desplaza a los obreros. Según Sismondi, puesto que cada individuo que queda sin empleo es un consumidor que ha visto reducida su renta, mientras que un número mayor de máquinas produce simultáneamente más productos, el exceso de producción y la crisis económica aparecerán de modo inevitable.
Sismondi consideraba la economía como un subconjunto de la ciencia del gobierno, además de considerarla una ciencia moral, ya que una ciencia que se interese solamente por los medios de incrementar la riqueza, sin estudiar la finalidad de tal riqueza, sería -en su opinión- una falsa ciencia. Además, percibió claramente la complejidad de la era industrial y se dio cuenta de que las pocas teorías abstractas de los economistas clásicos eran inadecuadas para la época moderna.
En suma, Sismondi estaba interesado en los periodos de transición que median entre la salida de un régimen  y la entrada en otro. En la práctica se interesó por la mejora de la condición del
proletariado (término que él acuñó) durante esta transición. Puede decirse que inauguró la línea de investigación que los franceses llaman économie sociale. Sismondi influyó en cierto número de autores que no eran francamente socialistas pero que reconocían los males del laissez faire sin restricciones, quienes junto con él, buscaban un feliz término medio que conservara el principio de la libertad individual tanto como fuera posible.
5.1.3. Friedrich List y el Sistema Nacional de Economía Política
La unidad política y económica que caracterizaba a gran parte de Europa en la primera mitad del siglo XIX estaba totalmente ausente de Alemania. El tratado de paz que puso fin a la participación de Alemania en las guerras napoleónicas, dejó a dicho país dividido en 39 estados diferentes, la mayoría de las cuales eran monarquías individuales, política y económicamente aisladas las unas de las otras. Tal aislamiento era ante todo el resultado de un complejo sistema de aranceles entre los estados, que perjudicaban el intercambio libre y sencillo de bienes; al mismo tiempo, sin embargo, no existían derecho de importación. Así, los productos excedentes – principalmente británicos- entraban en los mercados alemanes, donde se ofrecían a precios extremadamente bajos.
En tales circunstancias estaba amenazada la misma existencia de los intereses industriales y comerciales alemanes, y en la década de 1830 se levantó en los estados alemanes un clamor general en pro de la unidad económica y de aranceles uniformes. Fue este movimiento el que consumió los intereses y la energía de Friedrich List.
En su análisis de los sistemas nacionales de economía política, List aplicó la idea de que una economía debe pasar por sucesivas etapas, antes de alcanzar un estado maduro: 1) bárbara, 2) pastoril, 3) agrícola, 4) agrícola y manufacturera, y 5) agrícola, manufacturera y comercial3. List se dio cuenta de que las tres primeras etapas se atravesarían con mayor rapidez si se adoptaba el librecambio entre estados y naciones, pero que las economías que tuvieran que entrar en las fases cuarta y quinta necesitaban protección económica hasta que se alcanzase la última fase, por lo que conviene destacar que List no era un proteccionista a ultranza, sino que más bien creía que la protección estaba justificada sólo en las etapas críticas de la historia.
Según la clasificación de List, sólo Gran Bretaña había alcanzado la etapa final de desarrollo económico, y hasta que todas las naciones estuvieran en esta misma condición, la competencia internacional no podría existir en pie de igualdad; así, apoyaba los aranceles protectores para Alemania, hasta que alcanzase una mayor potencia económica nacional.
List se opuso enérgicamente a las tendencias absolutistas y cosmopolitas de los economistas clásicos: sostenía que éstos deducían principios que suponían válidos para todas las naciones y todas las épocas. En contraste, la teoría y la metodología de List eran fuertemente nacionalistas e históricas.
Para List, el fin último de la actividad económica tiene que ser el desarrollo nacional y el aumento del poder económico. Afirmaba que la magnitud económica fundamental en el desarrollo económico no es la riqueza, sino las fuerzas productivas. En este sentido, comprendió que la industria era algo más que el mero resultado del trabajo y del capital, concibiendo la industria más bien como una fuerza social que crea y mejora por sí misma el capital y el trabajo, pues la industria conferiría un impulso y una dirección a la producción futura.
La originalidad de List en la teoría económica y en su método consistía en la utilización sistemática de la comparación histórica como un medio para demostrar la validez de las proposiciones económicas y en la introducción de puntos de vista nuevos y útiles a diferencia de la
ortodoxia económica del liberalismo clásico. Al ampliar la estructura dinámica del crecimiento económico clásico, representando el desarrollo económico como una sucesión de etapas históricas, proporcionó un nexo de unión metodológico para los economistas de la escuela histórica alemana, por lo que puede considerarse como el precursor de dicha corriente.
5.2. Socialistas utópicos: Owen, Fourier y Proudhon
Aunque  el  socialismo  es  una  fuerza  vibrante  de  la  vida  contemporánea,  el  concepto  en  sí
mismo es muy ambiguo. Por lo general, la palabra socialismo evoca varios significados: propiedad
pública   de   las   empresas,   subyugación   de   la   libertad   individual,   eliminación   de   la   propiedad
privada, dirección consciente de la actividad económica. En la práctica, el socialismo es raramente
la alternativa clara al capitalismo que con frecuencia se afirma que es; en la actualidad todas las
economías capitalistas poseen algunos elementos o instituciones socialistas y viceversa. De entre
los  autores  que apoyan  esta filosofía,  destacan  los  socialistas  utópicos, quienes consideraban el
capitalismo como irracional, inhumano e injusto; repudiaban la idea del laissez faire, la doctrina de
la armonía de intereses y eran optimistas respecto a la perfectibilidad de los humanos y del orden
social por medio de la adecuada construcción del entorno. Mientras el socialismo llamado utópico
pretendió llegar a un orden justo por medio de innovaciones libremente perseguidas por el hombre,
el socialismo científico consideró la instauración del orden justo por la vía inevitable del proceso histórico4.
5.2.1. Robert Owen
Nacido en el seno de una humilde familia galesa, Robert Owen (1771-1858) hizo una carrera de éxito en la industria textil, a la vez que observaba los cambios en la vida económica y social provocados por la rápida introducción de la maquinaria.
Owen no creía que el sufrimiento de los trabajadores fuese una condición necesaria para la acumulación de riqueza. En “A New View of Society” (1813) volvió de revés la teoría social tradicional sosteniendo que el carácter de un individuo ha sido creado para él y no por él; “mejorad el entorno social de un hombre –argumentaba Owen- y mejoraréis al hombre”.
El campo de pruebas para las teorías sociales de Owen fueron las fábricas New Lamark, en Escocia, cuya dirección asumió en 1800; él esperaba demostrar su teoría de que un cambio del entorno social cambiaría el carácter de los trabajadores, por lo que mejoró las condiciones de vivienda de los trabajadores y sus familias, disminuyó las horas de trabajo (particularmente la de mano de obra infantil, dedicando mucho tiempo a su educación) y elevó los salarios.
Para sorpresa de sus colegas industriales, las fábricas New Lamark continuaron obteniendo sustanciosos beneficios después de la introducción de las reformas; sin embargo, con el tiempo Owen fue separado de la sociedad por sus socios, que estaban en desacuerdo con su programa. Esto lo convenció de que no se podía confiar en la iniciativa privada para llevar a cabo reformas económicas y sociales que fuesen permanentes. En consecuencia, Owen defendía un mayor papel del gobierno. Trabajó a favor de leyes que introdujesen reformas en las fábricas, ayudas a los desempleados y con el tiempo, un sistema nacional de educación.
5.2.2. Charles Fourier
Como Saint-Simon y List, Charles Fourier (1772-1837) creía que la civilización pasa por determinadas  etapas  de  desarrollo,  aunque  nadie  tomó  en  serio  su  teoría.  Su  visión  del  mundo,
Zorilla Arena, Santiago. Cómo aprender Economía. Conceptos básicos. México, D.F.: Limusa. 2003. p. 71.
bastante excéntrica, afirmaba que la Francia del s. XIX se encontraba en la quinta etapa de su desarrollo, habiendo atravesado por las etapas anteriores de 1) confusión, 2) salvajismo, 3) patriarcado y 4) barbarie. Después de pasar por dos etapas más, con el tiempo se acercaría a la pendiente que subía hasta la armonía –la etapa final de la felicidad absoluta-, que duraría 8,000 años. Entonces la historia se revertiría y la sociedad volvería a recorrer las mismas etapas desde el principio.
A pesar de parecer sólo un conjunto de ideas descabelladas, las aportaciones de Fourier radican en que éstas, constituían un plan de reorganización de la sociedad, precursor de la comuna del s. XX, y a pesar de su carácter fantástico, captó la imaginación de otros que compartían su angustia acerca de los males del capitalismo.
El primer mal del capitalismo –según Fourier- era el conflicto de intereses individuales; además, no creía en la redistribución de la renta del tipo nivelador, pues sostenía que la desigualdad de las rentas y la pobreza eran de ordenación divina, y en consecuencia, deben permanecer para siempre.
La propiedad individual no tendría que suprimirse, sino transformarse en participaciones en el capital común; lo que Fourier proponía era una multiplicidad de “ciudades jardín” (phalanstères o falansterios), en forma de gran hotel, en el que idealmente vivirían mil quinientas personas. Como sistemas sociales autónomos capaces de satisfacer todas las necesidades para la vida de la comunidad, y particularmente del individuo, por medio de sus propios recursos industriales y agrícolas, se conseguirían economías comunales que ofrecería el máximo de comodidad con un costo mínimo; las tareas domésticas se realizarían colectivamente, eliminando por lo tanto mucho trabajo monótono, además de que no existiría ninguna limitación a la libertad humana5.
5.2.3. Pierre Joseph Proudhon
Las dos características más notables del pensamiento de Pierre Joseph Proudhon (1809-1865) incluyen un deseo de eliminar toda autoridad y un interés casi medieval por la justicia económica en el intercambio; estas dos características se han combinado para que se le designe como un “anarquista escolástico”.
Proudhon era ante todo un libertario; en 1840 publicó la obra ¿Qué es la propiedad?, que le ganó notoriedad y acusaciones de conspiración contra el Estado, y que constituyó una fuerte crítica contra la propiedad privada, aún cuando se oponía más bien a los atributos de ésta: ingresos no ganados, en forma de renta, interés o beneficio.
Proudhon ponía su fe en un orden más elevado de unidad social que el que suministraba la estructura social existente. La verdad y la realidad son esencialmente históricas –declaró-, y el progreso es inevitable. La ciencia, más que la autoridad, tiene la llave del futuro y ella, más que el egoísmo, es la única capaz de establecer la armonía social. Además, se sentía atraído por la doctrina que proclamaba la naturaleza cosmopolita de la economía política y a la oposición de una excesiva intervención gubernamental, porque ofrecía una especie de protección de la libertad individual, que él estaba buscando.
A diferencia de los socialistas que conocía, Proudhon quería conservar las fuerzas y las instituciones económicas, pero a la vez quería suprimir el conflicto existente entre estas fuerzas; así la propiedad no debía ser eliminada, sino universalizada: todos debían tener propiedad, lo cual constituiría la mayor garantía de libertad.
Los economistas clásicos suponían una difusión más o menos igual del poder económico, mientras   que   Proudhon   veía   el   mecanismo   de   los   precios   tan   opresivo   a   causa   de   la   difusión
Cfr. Gutiérrez Pantoja, Gabriel. Historia del Pensamiento Económico. México, D.F.: Oxford, 2004. p. 263.
extremadamente desigual del poder del mercado. La ley de la oferta y la demanda, afirmaba, es una “ley engañosa… adecuada sólo para asegurar la victoria del fuerte sobre el débil; de los que poseen propiedades, sobre los que no tienen nada6”.
Proudhon no creía que todos los individuos estuvieran igualmente sujetos al mercado; por tanto, el mercado no podía cumplir con su promesa de proteger la libertad de todos los individuos para perseguir sus propios objetivos. Su crítica era respecto al monopolio y no a la competencia, la cual permitiría a los individuos estimular la creatividad y negociar entre sí.
A fin de proteger a los negociadores de ser explotados por sus rivales, Proudhon trató de igualar su poder, por lo que propuso la universalización de la propiedad y la creación de préstamos sin interés para todos los prestatarios.
Proudhon evitaba todas las formas de ley, gobierno y jerarquía, a favor de la norma mutualista de la justicia conmutativa. El deber de todos los negociadores en el intercambio proudhoniano es entregar un bien de valor real igual al del que se recibe; así pues, Proudhon impondría la misma regla básica de intercambio de Aristóteles o Aquino.
5.3. Historicistas
La economía del siglo XIX fue una victoria de la razón sobre el sentimiento; sin embargo, una crítica metodológica efectuó incursiones significativas en la economía: el movimiento histórico que acumuló fuerza e influencia durante la última mitad del s. XIX.
El método histórico intenta combinar el análisis orgánico y biológico, y las estadísticas de todas clases, a fin de descubrir las leyes del fenómeno en cuestión. Hubo 2 variantes decimonónicas de historicismo que produjeron un impacto sobre la economía. La variante alemana fue anterior a su equivalente inglesa y constituyó una forma de crítica más suave a la economía marxista. Entre otros temas, los historicistas plantearon la cuestión de si la economía podía estudiarse aparte del medio político, histórico y social, tema que aún hoy es objeto de debate.
La Escuela Histórica Alemana se suele dividir en dos grupos de autores: la “vieja escuela”, menos radical, y la “joven escuela”, cuyas opiniones sobre el método eran más intransigentes. El grupo de autores más antiguo está tradicionalmente representado por Wilhelm Roscher (su fundador), Karl Knies y Bruno Hildebrand; el grupo más joven está dominado por Gustav Schmoller.
5.3.1. Wilhelm Roscher
Roscher nació en Hannover en 1817; como jefe de la escuela histórica enseñó en la Universidad de Leipzig, donde fue profesor de economía política.
Aunque Roscher empezó su trabajo sobre historia económica en 1838, su obra más importante fue el System des Volkswirtschaft (Sistema de economía política), publicada por primera vez en 1854, cuyo trabajo era un despliegue increíble de virtuosismo histórico-estadístico, dirigido a la ampliación y aclaración de la teoría económica recibida.
Roscher no estaba dispuesto a considerar la economía simplemente como un conjunto de prescripciones normativas, cargadas de juicios de valor. Al distinguir entre los estudios de “lo que es” y “lo que debe ser”, Roscher renunciaba al análisis normativo y a los estudios sobre los sistemas ideales en su estudio de la economía, afirmando que tales sistemas son transitorios y conflictivos, teniendo en su base distintas naturalezas y configuraciones sociales; con lo anterior, él quería descubrir nada menos que las leyes del desarrollo socioeconómico con las que pudiera comparar las etapas existentes de las naciones-estados.
Así pues, Roscher llevó a cabo investigaciones laterales en la construcción de índices de precios, en el campo de las instituciones económicas y en una serie de temas que incluían la esclavitud, la Iglesia, el dinero, el lujo, los seguros, la población, el comercio internacional y la protección.
5.3.2. Gustav Schmoller
Schmoller, llevando el historicismo de Roscher a su extremo, argumentaba que todo el análisis económico recibido, especialmente el ricardiano, no era sólo inútil, sino que era perjudicial. Schmoller estableció claras líneas de demarcación en el debate sobre el método: él contrastaba el método de los economistas clásicos y de los austriacos neoclásicos, que defendían y empleaban lo que él consideraba un argumento abstracto-deductivo, con el método histórico-inductivo de la escuela alemana; semejante antagonismo teórico suscitó la controversia conocida como methodenstreit o batalla de los métodos.
Para contrarrestar la brecha entre ambas concepciones, Schmoller proponía la utilización de leyes históricas del desarrollo, leyes que intentó discutir en numerosas publicaciones, incluyendo su Grundrisse der Allgemeinen Volkswirtschaftslehre (Esbozo de Economía Política General), el intento más impresionante en la literatura para aprehender leyes históricas en un tratado sistémico, en el que utilizaba una aproximación etnológica a temas tales como las instituciones medievales (especialmente el sistema gremial), el desarrollo urbano, la banca y los estudios sobre la industria.
En el extremo al que Schmoller llevó la doctrina, el historicismo era irracionalista; rechazaba deducir reglas generales a partir de la razón, insistiendo en su lugar en la observación y registro a través de la variación histórica.
5.4. Karl Marx y el socialismo científico
Durante el s. XIX se lanzaron muchas y diversas ideas que afectaron a la economía como disciplina y desafiaron la hegemonía del pensamiento y del análisis económico británico. En particular, la primera mitad del siglo presenció un número sustancial de reservas formuladas a la economía clásica. Sin embargo, es evidente que lo que faltaba en el fermento intelectual de esta época era una máquina de análisis verdaderamente científica; hacia mediados del s. XIX, Karl Marx asumiría la tarea de llenar este vacío.
Es significativo que el historicismo alemán y la economía marxista fueran producto de la misma raíz de la filosofía hegeliana. Hegel consideraba la historia como la aproximación adecuada a la ciencia de la sociedad, lo cual constituía un tema sentido por Marx y por los historicistas.
Lo que se encuentra en el pensamiento maduro de Marx es una teoría de los procesos históricos, basada en las fuerzas económicas y materiales, que culmina en el cambio económico y social del orden existente. En contraste con la notable especialización intelectual de los últimos tiempos, el pensamiento de Marx abarcaba la filosofía, la historia y la economía.
Karl Marx nació en Tréveris, Prusia, en 1818. Siendo hijo de padres judíos de la clase media, durante el tiempo de su formación en jurisprudencia y economía política en Berlín, Marx cayó bajo la influencia de Hegel y Feurbach, cuyas ideas contribuyeron a conformar sus propias visiones de la historia, la religión y la sociedad.
Para Marx, el aspecto fascinante de la filosofía de Hegel era su teoría del progreso; la historia no es una secuencia de sucesos accidentales o una colección de secuencias inconexas: es más bien un proceso orgánico guiado por el espíritu humano.
El progreso de obtiene, según Hegel, cuando una fuerza se enfrenta con su opuesta; en la lucha, ambas resultan aniquiladas y son trascendidas por una tercera fuerza. Esta llamada dialéctica ha sido resumida conceptualmente mediante la interrelación de “tesis”, “antítesis” y “síntesis”. Siguiendo a Hegel, el progreso histórico tiene lugar cuando una idea, o tesis, se enfrenta con una
idea opuesta, o antítesis. En la batalla de las ideas, ninguna de ellas permanece intacta, sino que ambas se sintetizan en una tercera; así es como el conocimiento general, como la historia, avanza.
Feurbach, por su parte, consideraba a la historia como el proceso de preparación de los humano para que lleguen a ser el objeto de una actividad “consciente”.
5.4.1. Interpretación económica de la historia en Marx
Injertando   el   materialismo   de   Feurbach   en   la   dialéctica   de   Hegel,   Marx   desarrolló   un
materialismo dialéctico, que extendió al campo económico y consideraba que el primer motor de
la historia es la manera como los individuos satisfacen sus necesidades materiales. En palabras de
Marx, “los hombres deben poder vivir para hacer historia”, por lo tanto, “el primer acto histórico
es… la producción de los medios para satisfacer estas necesidades, la producción de la propia vida material”7.
La interrelación que estableció Marx entre economía e historia, así como su exposición de la producción como la fuerza central y motriz de entre las fuerzas mutuamente condicionantes de la producción, la distribución, el cambio y el consumo, son lo que distinguen su propia economía de la que existía hasta su época.
Marx reconocía, como Adam Smith, que el desarrollo de las fuerzas productivas en toda economía depende del grado alcanzado por la división del trabajo, pero a diferencia de Smith, vio un conflicto de intereses como resultado lógico de la progresiva división del trabajo; así los intereses individuales se oponen a los intereses comunitarios y todo trabajador viene a estar “encadenado” a un puesto de trabajo específico, de modo que con el tiempo, “el trabajo de los humanos se convierte en un poder ajeno, que se opone a ellos y los esclaviza”8.
Al margen del conflicto entre intereses individuales y comunitarios, Marx veía la aparición del Estado como un poder independiente, divorciado de los intereses reales del individuo y de la comunidad.
Por otra parte, toda clase que ocupa el poder trata de promover su propio interés como si fuera el interés general de la comunidad; esta situación se hace intolerable si se cumplen 2 condiciones: 1) la gran masa de la humanidad tiene que ser desposeída de la propiedad mientras que simultáneamente se enfrenta con la contradicción de la existencia de un mundo de riqueza y cultura. Estos factores presuponen un gran aumento de capacidad productiva y un alto grado de su desarrollo, como sucede en el contexto de un capitalismo maduro. 2) El desarrollo de las fuerzas productivas tiene que ser universal; como premisa práctica, el fenómeno de la clase desposeída debe revestir proporciones mundiales; en caso contrario, la revolución y el comunismo sólo podrían existir como acontecimientos locales, no como realidades universales.
Lo que Marx llamaba fuerzas productivas, desarrolladas en la época moderna por medio de la división del trabajo, es algo esencialmente dinámico. Consisten en tierra, trabajo, capital y tecnología, cada una de las cuales está cambiando constantemente como resultado de los cambios de la población, los descubrimientos, la innovación, la educación, entre otros.
Las relaciones de producción son las reglas del juego. Éstas son esencialmente estáticas y son de dos tipos: las relaciones de propiedad y las relaciones humanas. Según Marx, es la suma total de estas relaciones lo que constituye la estructura económica de la sociedad, sobre la cual se sobrepone una superestructura política y legal, que corresponde a unas formas definidas de conciencia social9.
Cuando el conflicto entre las fuerzas dinámicas y estáticas alcanza un punto suficiente, se producen la lucha de clases y la revolución, y la pirámide social se invierte.
En 1843, Marx empezó un estudio crítico de la economía política, completando varios manuscritos al año siguiente que aparentemente estaban pensados para constituir un libro de posterior aparición; sin embargo, el libro no se materializó nunca, hasta que en 1932 se publicó una edición completa de estos trabajos, bajo el título de Manuscritos económicos y filosóficos de 1844. El tema central de éstos es que la historia, especialmente en el marco del capitalismo moderno, es la saga de la alienación que se produce en la vida de las personas, y el comunismo, al que se llegaría por medio de una revolución contra la propiedad privada, es la escapatoria final de la alienación.
Aunque él no había elaborado la teoría del valor trabajo, Marx ya expresaba en sus Manuscritos la idea de que el trabajo es la fuente de toda riqueza; también se encuentra allí la observación empírica de que el trabajador obtiene sólo una pequeña parte de esta riqueza, apenas suficiente para continuar trabajando, mientras que el objetivo del capitalista –que tiene todas las ventajas- es mantener los salarios a un nivel mínimo. En el capitalismo, el trabajo se convierte en una simple mercancía y todas las relaciones humanas se reducen pronto a relaciones monetarias, por lo que el capitalista se enriquece inevitablemente a expensas del trabajador, que vive en un nivel de subsistencia.
Marx advertía una tendencia hacia la concentración monopolística del capital en un número de manos cada vez menor; esta tendencia lleva a un aumento de los beneficios totales y a un aumento de la miseria global de la clase trabajadora. Además, Marx intentó en los Manuscritos criticar la economía política sobre la base de las contradicciones sociales reales que había observado empíricamente. La contradicción básica, consiste en que el trabajador se va haciendo más pobre cuanta más riqueza produce y se convierte en una mercancía cada vez más barata cuantas más mercancías crea.
5.4.2. Los Grundrisse (1857-1858)
Para 1858, Marx había acumulado cierto número de manuscritos que, en conjunto, pueden considerarse como un esbozo y un borrador de los argumentos técnicos utilizados más adelante en El capital. Esta colección de documentos, publicado durante la segunda guerra mundial, lleva el título de Grundrisse der Kritik der Politischen Ökonomie (Elementos fundamentales para la crítica de la economía política). Los Grundrisse revelan algunos elementos no incluidos en El Capital, como una discusión de los sistemas precapitalistas y un estudio de las interrelaciones entre las partes componentes del capitalismo (como la producción, la distribución, el cambio y el consumo).
En los Grundrisse, Marx intentó relacionar el proceso de producción con la etapa del desarrollo de la sociedad. Se opuso particularmente a la posición de Mill, en el sentido de que la producción –al contrario que la distribución- estuviera sujeta a leyes inmutables independientes de la historia; su opinión era que la producción sólo puede ser llevada a cabo en una determinada etapa del desarrollo social. Además, toda forma de producción crea sus propias relaciones legales y formas de gobierno.
Para Marx, la verdadera naturaleza de la producción capitalista implica el estudio del trabajo como algo básico para la producción, el análisis de las bases históricas de la producción capitalista y el examen del conflicto fundamental entre la burguesía y el proletariado. En los Grundrisse, Marx empezó a perfeccionar la teoría del valor trabajo y las teorías de la plusvalía y del dinero.
El propósito de las obras anteriores, era establecer los fundamentos teóricos para la realización suprema de Marx -El capital-, que es claramente un análisis del capitalismo, no del socialismo ni del comunismo. Marx consideraba el capitalismo como un sistema económico en que
la gente vivía comprando y vendiendo mercancías, las cuales poseen 4 características: 1) son útiles, 2) producidas por el trabajo humano, 3) ofrecidas para su venta en el mercado, y 4) separables del individuo que las produce.
5.4.3. La teoría del valor trabajo
En su obra El capital, Marx comienza por analizar la producción y la distribución de las mercancías. Una explicación de este género estaría vacía sin una teoría del valor, concibiendo este autor al trabajo como la esencia de todo valor10; para él, el valor era una propiedad objetiva de todas las mercancías.
Marx percibió la contradicción de las dos teorías del valor de cambio establecidas por la economía clásica, según las cuales, la determinación del precio a corto plazo estaba regulado por la oferta y la demanda, y a su vez, coexistía con la teoría del precio natural o costo de producción, a largo plazo. Por ello, Marx reconocía que en condiciones de competencia, los precios no fluctúan aleatoriamente, sino que deben hacerlo en torno a un punto definido: si el precio de venta de una mercancía cae por debajo de su costo de producción, su productor se verá expulsado del mercado; si el precio de venta supera el costo de producción, aparece un exceso de beneficios, que atrae a los competidores y lleva temporalmente a un exceso de producción, de manera que el precio disminuirá. En consecuencia, el punto alrededor del cual fluctúan los precios del mercado competitivo es el costo de producción, que para Marx quiere decir, costo del trabajo, de forma que el valor venía determinado no por las leyes del mercado, sino por la misma producción.
5.4.4. Algunas definiciones marxianas
De acuerdo con Marx, el valor de la fuerza de trabajo puede dividirse en una cantidad necesaria para la subsistencia del trabajo y una cantidad por encima y por debajo de aquélla. La primera, denominada trabajo socialmente necesario, determina el valor de cambio del trabajo en sí: su salario. La última, denominada “plusvalía”, se la apropia el capitalista. Marx dejó bien claro que el capitalismo no podría existir si el trabajador no produjese un valor mayor que el requerido por su propia subsistencia11:
“Si fuera necesaria una jornada de trabajo para mantener vivo a un obrero, el capital no existiría, porque la jornada de trabajo se intercambiaría por su propio producto, y de esta suerte el capital no se podría valorizar ni conservar… Por el contrario, si sólo se necesita media jornada de trabajo para mantener vivo a un obrero durante toda una jornada laboral, la plusvalía del producto surge de por sí…”
Esta plusvalía no surge en el intercambio, sino en la producción, de forma que la finalidad de la producción, desde el punto de vista del capitalista, es extraer plusvalía de cada trabajador, la cual consiste en la contribución no remunerada a los trabajadores. Esto es lo que Marx entiende por “explotación del trabajo”. La plusvalía surge no porque el trabajador reciba menos de lo que vale, sino porque produce más de lo que vale.
Marx consideraba que el principio de la plusvalía es una parte integrante del tema central del conflicto de clases y de la revolución; en el capitalismo surgen dos clases (burguesía y proletariado), una de la cuales se ve obligada a vender su fuerza de trabajo a la otra, a fin de ganarse    la   vida.    Este    acuerdo    contractual    transforma   el    trabajo    en    una    mercancía   ajena    al
trabajador. Sin la diferencia entre el valor de cambio del trabajo (subsistencia) y su valor de uso (valor del producto del trabajo), el capitalista no tendría ningún interés en comprar fuerza de trabajo.
Marx vio el trabajo como la medida y la causa del valor; además sostuvo que sólo el trabajo –no las máquinas- puede producir plusvalía y bosquejó diversos términos para explicar su teoría, entre los que destacan: capital constante (cargas sobre el capital fijo, es decir, la depreciación más el costo de las materias primas); capital variable (salarios totales pagados al trabajo); inversión (costo de producción integrando el capital constante y variable); tasa de plusvalía (relación entre la plusvalía y el capital variable empleado); tasa de ganancia (relación entre la plusvalía y la inversión), y composición orgánica del capital (relación entre el capital y el trabajo empleado en la producción).
5.4.5. Las leyes del movimiento capitalista
Marx describió 5 leyes, o tendencia generales, inherentes al capitalismo, cada una de las cuales tiene su raíz en el conflicto entre las fuerzas productivas dinámicas y las relaciones estáticas de producción.
1. Ley de la acumulación y la tasa decreciente de ganancia. En el capitalismo, toda la gente
de negocios intenta obtener más plusvalía, para aumentar su beneficio. Así podríamos esperar que
los   capitalistas   buscasen   métodos   de   producción   intensivos   en   trabajo,   a   fin   de   maximizar   sus
beneficios. El incentivo para hacerlo, lo explica Marx: “al igual que todo desarrollo de la fuerza
productiva del trabajo, la maquinaria debe abaratar las mercancías y reducir la parte de la jornada
laboral que el obrero necesita para sí, prolongando, de esta suerte, la otra parte de la jornada de
trabajo, la que el obrero cede gratuitamente al capitalista. Es un medio para la producción de plusvalía”12.
El primer capitalista que introduzca maquinaria ahorradora de trabajo, por tanto, podrá producir con costos más bajos que sus rivales, y sin embargo, vender a un precio determinado en el mercado por el predominio de las empresas menos mecanizadas. Si cada uno de los capitalistas introduce más maquinaria, la composición orgánica del capital aumenta, la plusvalía disminuye y lo mismo sucede con la tasa de ganancia. Otra razón por la que la tasa de ganancia puede disminuir a lo largo del tiempo es que los trabajadores pueden presionar en demanda de tasas salariales más altas.
2. Ley de la concentración creciente y de la centralización de la industria. La búsqueda del beneficio antes descrita, lleva inevitablemente con el tiempo a una mayor sustitución de trabajo por capital y transforma la industria en pequeña escala en empresas en gran escala, con una división del trabajo más marcada y una capacidad de producción mucho mayor. Marx veía que este aumento de producción y de capacidad productiva llevaría a un exceso de producción general, reduciendo los precios hasta un punto en que sólo los productores más eficientes sobrevivirían. Las empresas menos eficientes se verían eliminadas de la actividad por las circunstancias antes expuestas; en consecuencia, la industria se iría centralizando progresivamente y el poder económico se concentraría cada vez más en un menor número de manos.
3. Ley del creciente ejército industrial de reserva. El cambio dinámico que acompaña a la innovación tecnológica y a la sustitución de trabajo por capital tiene un efecto drástico sobre la clase trabajadora: el paro. Este desplazamiento de los trabajadores por máquinas, crea un “creciente ejército industrial de desempleados”, una de las contradicciones inherentes que Marx vio en el capitalismo; el desempleo es de dos tipos: a) paro tecnológico (causado por la sustitución
de trabajo por maquinaria), y b) desempleo cíclico (causado por el exceso de producción, que a su vez es el resultado de la creciente concentración y centralización).
4. Ley de la miseria creciente del proletariado. A medida que crece el ejército industrial de reserva, crece también la miseria del proletariado. Además, generalmente los capitalistas intentan compensar una tasa de ganancia decreciente disminuyendo los salarios, aumentando el número de horas de la jornada laboral, introduciendo el trabajo infantil y femenino, y así sucesivamente. Las jornadas de trabajo más largas y la intensificación del esfuerzo laboral, minan la fortaleza y longevidad de la clase trabajadora, lo que contribuye a la miseria de la clase trabajadora.
5. Ley de las crisis y depresiones. De una manera moderna, Marx vinculó la explicación de los ciclos económicos al gasto de inversión; observó que los capitalistas invertirán más en unas épocas que en otras: cuando el ejército de desempleados aumenta y los salarios disminuyen, los capitalistas tenderán a contratar más trabajadores y a invertir menos en maquinaria y equipo, pero cuando los salarios aumentan, los capitalistas sustituirán trabajadores por máquinas, generando desempleo y salarios más bajos. Esto produce crisis periódicas. A lo largo del tiempo, estas crisis se irían haciendo más graves; esto es, afectaría a un mayor número de personas. Además, habría una tendencia hacia la depresión permanente, porque el ejército industrial de reserva aumentaría de medida que las crisis fueran siendo más graves. La consecuencia lógica de semejante tendencia es la revolución social: con el tiempo, el proletariado debe unirse, arrojar sus cadenas y apoderarse de los medios de producción.
El marxismo no es sólo una doctrina económica: es una concepción del mundo que implica aspectos filosóficos, sociales, económicos y políticos. Algunas de las principales contribuciones del marxismo son13:
• La filosofía materialista dialéctica.
• El estudio económico a través del materialismo histórico.
• El desarrollo de la teoría del valor-trabajo.
• El concepto de que la fuerza de trabajo es una mercancía.
• El esbozo de la teoría de la plusvalía y en consecuencia, de la explotación.
5.4.6. El final del capitalismo
De acuerdo con la ideología de Marx, el dinero (capital) se acumula para adquirir (o producir) mercancías, que entonces se venden por una mayor cantidad de dinero; la tendencia a la acumulación, como se ha visto, produce el tipo de contradicciones internas que llevan a la desaparición del sistema económico. Los escritos de Marx establecen firmemente esta creencia en una revolución mundial, aunque él raramente discutió la naturaleza del mundo postcapitalista. Sabemos que la “nueva” sociedad tenía que ser una sociedad comunista, en la que ya no existiría la propiedad privada burguesa.
En el Manifiesto comunista, Marx habló del comunismo como un nuevo y revolucionario modo de producción y describió las características generales aplicables a este nuevo modo:
1.  Expropiación de la propiedad territorial y empleo de la renta de la tierra para los gastos del Estado.
2.  Fuerte impuesto progresivo.
3.  Abolición del derecho de herencia.
4.  Confiscación de la propiedad de todos los emigrados y rebeldes.
5.  Centralización   del   crédito   en   manos   del   Estado   por   medio   de   un   banco   nacional   con capital del Estado y monopolio exclusivo.
Méndez Morales, José Silvestre. Fundamentos de Economía.2ª ed. México, D. F.: McGraw-Hill. 1996. p. 65.
6.  Centralización en manos del Estado de todos los medio de transporte.
7.  Multiplicación de las empresas fabriles pertenecientes al Estado y de los instrumentos de producción, roturación de los terrenos incultos y mejoramiento de las tierras, según un plan general.
8.  Obligación de trabajar para todos; organización de ejércitos industriales, particularmente para la agricultura.
9.  Combinación de la agricultura y la industria; medidas encaminadas a hacer desaparecer gradualmente las diferencias entre la ciudad y el campo mediante una distribución más uniforme de la población por el país.
10.  Educación pública y gratuita de todos los niños; abolición del trabajo de éstos en las fábricas, tal como se practica hoy.
Marx ha ejercido una profunda influencia en el siglo XX y una prueba de la extraordinaria amplitud de su intelecto es el hecho de que su influencia haya sobrepasado las fronteras de la economía. Lo primero que debe resaltarse de sus aportaciones es la coherencia de sus teorías, ya que es el creador de un sistema cuyas partes son piezas perfectamente encajables en el todo: la teoría del valor, la plusvalía y la explotación, el descenso de la tasa de beneficio, el ejército industrial de reserva y la creciente miseria del proletariado suponen un conjunto integrado de teorías, lógicamente bien estructurados14.
Los marxistas modernos han coincidido aparentemente en el núcleo esencial de humanismo en el pensamiento de Marx. Las complejidades de la producción en masa y la problemática del “tercer mundo” en diversos grupos y naciones han hecho que el tipo de alienación que Marx describiera parezca algo muy real en una gran parte de la población; aún aquellos que desacreditan la necesidad de una revolución violenta para un cambio social significativo se ven con frecuencia estimulados por un humanismo semejante al de Marx para buscar formas alternativas de reforma social. Al final, esto puede ser la parte más duradera del legado de Marx al mundo.
14 Iglesias Suárez, Alfredo. Apuntes del pensamiento económico y financiero. 2ª ed. Albacete, España: Editorial Bomarzo, p. 39.
102
Escuelas Alternativas a la Teoría Clásica
Bibliografía
•   Ekelund, Robert B. y Hébert, Robert F. Historia de la Teoría Económica y su Método. 3ª ed. México, D.F.: McGraw-Hill. 2005.
•  Gutiérrez  Pantoja,  Gabriel.  Historia  del  Pensamiento  Económico.  México,  D.F.:  Oxford. 2004.
• Herrerías, Armando. Fundamentos para la Historia del Pensamiento Económico. México, D. F.: Ed. Limusa. 2005.
•  Iglesias    Suárez,    Alfredo.    Apuntes    del    Pensamiento    Económico    y    Financiero.    2ª    ed. Albacete, España: Editorial Bomarzo. 1991.
• Landreth, Harry & Colander, David C. Historia del pensamiento económico. México, D.F.: CECSA. 2002.
•  Méndez    Morales,    José    Silvestre.    Fundamentos    de    Economía.    2ª    ed.    México,    D.    F.: McGraw-Hill. 1996.
•  Zorilla   Arena,   Santiago.   Cómo   aprender   Economía.   Conceptos   básicos.   México,   D.F.: Limusa. 2003.
Compartir:

Páginas vistas en hoy

Archivo del Blog

Ultimas publicaciones

Articulo de hoy

Comparación entre sistema inquisitivo y el sistema acusatorio

Sistema inquisitivo En la historia del Derecho Procesal, encontramos dos sistemas importantes: El Acusatorio y el Inquisitivo que, con ...

Seguidores